dissabte, 31 de gener de 2009

Sí. No. Potser. No ho sé. Ai!

Si vamos a hablar de la idea de Dios y limitarnos a argumentos racionales, probablemente sea útil saber a qué nos referimos al decir “Dios”. No es tarea fácil. Los romanos llamaban ateos a los cristianos. ¿Por qué? Bien, los cristianos tenían una especie de dios, pero no era un dios real. No creían en la divinidad de los emperadores glorificados o de los dioses del Olimpo. Tenían una especie de dios peculiar, diferente. Por tanto, lo fácil era llamar ateo a los que creían en un dios diferente. Y esa tendencia general a considerar ateo al que no cree exactamente lo mismo que yo prevalece en nuestro tiempo. Hay toda una constelación de características en las que pensamos generalmente en occidente, o más bien en la tradición judeo-cristiano-islámica, cuando pensamos en Dios. Las diferencias fundamentales entre el judaísmo, el cristianismo y el islam son triviales comparadas con las similitudes. Pensamos en un ser omnipotente, omnisciente, compasivo, que creó el Universo, que responde a las plegarias, que interviene en asuntos humanos, etc.

diumenge, 25 de gener de 2009

Més tanques per saltar

Madre o deportista

Las atletas que se quedan embarazadas pierden becas y el apoyo de las instituciones
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dissabte, 24 de gener de 2009

Carpe diem!

Veinte minutos en la vida de Eufrasia

Dicen que sólo las personas que han pasado por una experiencia traumática, los que han estado al borde de la muerte, aprenden a apreciar el valor del tiempo. Enfrascados en la actividad diaria, el resto de la humanidad pasamos por el día a día de puntillas, posponiendo las cosas importantes hasta que ya no queda tiempo de realizarlas.

Contaba Geoffrey Smith esta semana en La Vanguardia que los desactivadores de bombas que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial quedaron profundamente marcados por la experiencia. Algunos alcanzaron más de noventa años de edad con una “lujuria insólita” por la vida, una actitud que Smith atribuye al resultado de haber arriesgado sus vidas a diario durante años. “Sabían que la vida era hermosa porque en cualquier momento se la podían haber quitado”, asegura, “sabían el valor de cada minuto vivo”.

En su libro “La isla de las cicas”, Oliver Sacks expone el caso de una de las habitantes de Guam afectadas por una extraña enfermedad neurológica que le recordaba a su experiencia en Despertares. Esta mujer, llamada Eufrasia, pasaba el día postrada en una silla, completamente paralizada, hasta que las enfermeras le suministraban su dosis diaria de l-dopa. Esta pequeña cantidad de medicina le proporcionaba sus únicos veinte minutos de vida normal en todo el día, que la mujer trataba de aprovechar frenéticamente para contar y hacer todo lo que había estado planificando durante las largas horas de parálisis.

“Catorce minutos después de haber recibido su l-dopa”, explica Sacks, “Eufrasia saltó de repente y se puso de pie con tanto ímpetu que tiró la silla hacia atrás, se precipitó hacia el corredor y empezó a hablar por los codos con todo el mundo; era una conversación animada, casi incomprensible, pues se atropellaba tratando de decir todo lo que deseaba manifestar, pero no podía, mientras estaba paralizada”.

“Pero aquella mujer que era un torrente de vida”, prosigue, “al cabo de veinte minutos, con la misma brusquedad con que había salido de su estado original, volvió a él, y tras bostezar repetidamente, quedó sumida en una completa parálisis”.

Lo angustioso del caso, y lo que nos pone los pelos de punta, no es sólo que Eufrasia tuviera el resto del día para planificar todo lo que iba a hacer y decir durante sus escasos veinte minutos de vida real, sino el hecho de que sus planes se vieran frustrados día tras día por la propia angustia de conocer que el tiempo para realizarlos era limitado.

Tal vez, salvando las distancias, nos ocurre un poco a todos como a Eufrasia, que nos pasamos la vida amontonando hermosos planes en la cabeza, sueños inaplazables que nunca realizaremos porque le faltan horas al día.

Extret d'aquí.

dimarts, 20 de gener de 2009

Sagrada irreverència

Dice que Abraham estaba a punto de darle matarile a su primogénito Isaac cuando escuchó la voz de Jehová, que le había ordenado sacrificarlo para demostrarle al Altísimo que le amaba más que a su propio niño. Cuando ya el cuchillo de degollar rozaba el pescuezo infantil, pues, Jehová le dijo que era una broma y que buscara un cordero para realizar el sacrificio. Abraham salió zumbando a por ello; entonces Isaac se levantó y, suspirando, murmuró por lo bajini: "Qué suerte que soy ventrílocuo".
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