dimarts, 20 de gener de 2009

Sagrada irreverència

Dice que Abraham estaba a punto de darle matarile a su primogénito Isaac cuando escuchó la voz de Jehová, que le había ordenado sacrificarlo para demostrarle al Altísimo que le amaba más que a su propio niño. Cuando ya el cuchillo de degollar rozaba el pescuezo infantil, pues, Jehová le dijo que era una broma y que buscara un cordero para realizar el sacrificio. Abraham salió zumbando a por ello; entonces Isaac se levantó y, suspirando, murmuró por lo bajini: "Qué suerte que soy ventrílocuo".
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1 comentari:

Jael ha dit...

Tenemos telepatía, ayer comentábamos mi madre y yo este artículo de mi adorada Maruja :)